
DAVID CERDÁ.
La mayoría de las instituciones parten de la idea, creo que equivocada, que la entrevista de selección de personal es un hecho singular que tiene lugar en un espacio aséptico, ajeno al devenir social. Por eso se desarrollan según un esquema de interacción que básicamente ha permanecido inalterado desde hace medio siglo. Pensamos que las necesidades y deseos de los candidatos (sueldo, seguridad, promoción, etcétera) apenas se han movido, y ese es un pensamiento que ya ha descarrilado, por lo menos en lo que respecta a los menores de cuarenta años, no solo en España sino en muchos lugares de Europa.
La segunda premisa errónea, en lo que nos ocupa, es que la entrevista es una especie de juego de seducción entre entrevistador y entrevistado, a veces mutuo, a veces en una sola dirección, en función de las circunstancias. Según sean el estilo y el poder de negociación, parece que siempre hubiera de haber una parte que trata de embellecer los hechos (“poner en valor”, se dice ahora), y otra encargada de sajarlos y desinflarlos para llegar a una apreciación objetiva. Ahora sabemos que es una mala idea. Woody Allen ha dicho que, por muchos motivos que haya para el divorcio, el principal sigue siendo la boda; uno ha visto en su experiencia que buena parte de los despidos se fraguan en una mala entrevista, que resulta perniciosa porque no se pone negro sobre blanco y se disfraza la verdad. El candidato no es capaz de exponer lo que busca, y la empresa tampoco es clara sobre lo que desea encontrar. El resultado de que la honestidad quede en suspenso es una venta que no satisface a ninguna de las partes: el empleado no es capaz de transmitir sus verdaderas prioridades, el empleador se excede en las oportunidades que será capaz de ofrecer, y todos salen perdiendo.
Las entrevistas de trabajo deben cambiar porque el tsunami financiero ha dejado a su paso un mundo tambaleante, muy distinto al anterior, que está redefiniendo las prioridades de los candidatos. La mayoría ya no aspira a un sueldo estable que le permita comprarse un piso y formar una familia convencional. El sueño estándar de los baby-boomers se ha quebrado, y la sensación general de emergencia y precariedad ha vuelto a los jóvenes hacia un estilo de vida más auténtico y peculiar. Ahora que saben que Eldorado socioeconómico es más quimérico que nunca, buscan, fíjense en lo que esto significa, un lugar donde contribuir a algo que les haga sentir bien, un lugar en el que además puedan desplegar todo su talento, desarrollando sus capacidades. Buscan sentido en el trabajo, nada menos.
Ante esta perspectiva, excitante para el que guste de lo complejo e inquietante para quien no esté dispuesto a cambiar, de poco valdrán los usos selectivos habituales. Por lo menos a la hora de hacerse con ese tramo exiguo de personas a los que no solo les pediremos que desempeñen eficientemente su trabajo, sino de los que esperaremos emprendimiento y creatividad. En un mercado laboral cada vez más estratificado, la lucha por atraer a los mejores ya ha empezado, y quienes antes realicen un replanteamiento de las entrevistas de trabajo (entre otros mecanismos), mejores perspectivas tendrán.
Es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Sevilla y Máster en Logística y Producción por IDE-CESEM
Forma parte desde 1997 de la empresa de distribución de productos químicos Brenntag Iberia, donde ha desempeñado diversos puestos en el campo financiero y en el de auditoría interna. Actualmente ostenta el cargo de Director de Innovación, así como el de Responsable del departamento de Finanzas y Controlling.
Cerdá también es formador y conferenciante en 6 idiomas y actúa como evaluador y auditor externo de Excelencia y sistemas de gestión de Calidad.
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